Bajada. Antes de que una aplicación mostrara perfiles a unos metros de distancia, encontrarse en Querétaro implicaba aprender a leer una ciudad: descubrir quién podía presentarte a alguien, distinguir un espacio amable de otro hostil, atravesar una conversación sobre salud sin miedo y, a veces, aceptar que la discreción tenía un precio. Las organizaciones civiles y la memoria universitaria permiten contar parte de esa historia. Los nombres de todos los bares, las llamadas privadas y las citas que nunca quedaron registradas no se pueden reconstruir con el mismo grado de certeza.
Una ciudad conservadora no es una ciudad sin deseo
La historia de los encuentros entre hombres no empieza cuando una plataforma los vuelve visibles. Tampoco comienza en los barrios donde hoy se anuncian establecimientos o se organizan celebraciones. En una ciudad como Querétaro, durante las últimas décadas del siglo XX, la intimidad tenía que negociar dos geográficas simultáneas: la de los trayectos que una persona podía hacer y la de los espacios donde estaba dispuesta a ser reconocida. No todo encuentro era sexual, no toda amistad era una puerta al deseo y no toda persona que acudía a un lugar comunitario buscaba pareja. Pero para quien necesitaba preguntar dónde había otros hombres como él, esa geografía importaba.
La facilidad actual para enviar un mensaje puede deformar nuestra mirada del pasado. Una invitación por teléfono, una reunión entre conocidos o el dato de un local podían adquirir un valor muy distinto cuando pedir información significaba exponerse. Ser joven, tener ingresos para desplazarse, vivir con familiares o comenzar un trabajo en otra ciudad cambiaba las posibilidades de actuar. Un hombre de cincuenta años con una trayectoria profesional estable no tenía necesariamente la misma libertad que otro de veintidós recién llegado. La edad tampoco garantiza seguridad: el estigma podía acompañar al primero durante décadas.
El archivo disponible permite documentar organizaciones, manifestaciones, conflictos públicos y espacios de educación sexual. No autoriza dibujar un mapa exhaustivo de ligue clandestino ni asegurar que un establecimiento actual cumplía idéntica función en 1995 o 2003. Esa falta de registro no demuestra ausencia de vida gay; muestra qué clase de experiencia fue considerada digna de archivo y cuál quedó guardada en conversaciones privadas.
Aquesex: encontrarse también era recibir palabras y condones
En 1993, cuando aún no existían los teléfonos inteligentes y la conversación pública sobre el VIH estaba marcada por prejuicios, se formalizó en Querétaro la Asociación Queretana de Educación para las Sexualidades Humanas, Aquesex. La reconstrucción publicada por Tribuna de Querétaro en 2018 sitúa su consolidación el 31 de agosto de aquel año y describe una agenda que reunía derechos sexuales y reproductivos, prevención, acompañamiento y denuncia de la discriminación. No se trataba sólo de distribuir información clínica: nombrar aquello que la ciudad evitaba pronunciar era, por sí mismo, una intervención social.
La experiencia de una organización civil no puede reducirse a un servicio de citas. Sin embargo, la posibilidad de hablar de orientación sexual, escuchar otras historias y encontrar personas capaces de responder sin burla modificaba las condiciones en que podían formarse amistades, redes de apoyo y vínculos. Una asociación que ofrece lenguaje y acompañamiento no necesita promover encuentros románticos para participar de la historia de cómo una comunidad aprendió a reconocerse.
En aquellos años, el condón también cargaba significados contradictorios. Era una herramienta de prevención y, para sectores conservadores, un objeto cuya visibilidad se interpretaba como una invitación al sexo. Esa disputa importaba porque colocaba la salud sexual en el espacio público. Informarse y buscar otras personas podían ser actividades separadas, pero compartían una pregunta: ¿dónde se podía hablar sin ser señalado?
La moral pública podía censurar hasta la imagen del deseo
Los conflictos alrededor de la educación sexual hicieron tangible esa vigilancia. Una investigación con testimonios recogidos por Tribuna de Querétaro en 2025 recuerda una agresión al proyecto de prevención conocido como Condón Móvil durante su paso por el Jardín Zenea en 2002, además de disputas sobre expresiones artísticas y campañas asociadas con la sexualidad. Son hechos relatados en fuentes periodísticas y testimoniales: corresponde atribuir esa reconstrucción a quienes la documentaron, no fingir que el medio actual estuvo allí.
La contradicción resulta elocuente. Una sociedad podía exigir responsabilidad frente al VIH y, al mismo tiempo, hostigar un dispositivo que intentaba acercar información preventiva. Para una persona gay, ese mensaje tenía consecuencias más allá de un debate moral: si algo tan básico como un condón producía rechazo público, pedir orientación sobre identidad, intimidad o relaciones podía exigir un cálculo todavía mayor.
Esa hostilidad no describe a todos los habitantes de Querétaro ni convierte a la ciudad en un escenario uniforme. Hubo personas y organizaciones que cuestionaron abiertamente la censura; precisamente gracias a esos esfuerzos hoy existen documentos. Reducir el pasado a una postal conservadora borraría a quienes abrieron espacios de conversación dentro de la misma ciudad.
Octavio Acuña y la Condonería de Colores: una puerta visible
La historia de Octavio Acuña Rubio une varios planos que suelen contarse por separado: educación sexual, derecho a la identidad, sociabilidad comunitaria y violencia. Integrante de Aquesex y activista por los derechos de las personas LGBT+, creó la Condonería de Colores como lugar vinculado a la información y la conversación sobre sexualidad. El reportaje del Centro Universitario de Periodismo de Investigación de la UAQ publicado por La Lupa en junio de 2025 recoge recuerdos de quienes participaron en aquel proyecto, incluida su labor con jóvenes y los obstáculos que enfrentó.
En ese expediente también se recuerda su intervención en la organización de una marcha contra la homofobia en 2004. Esa referencia debe coexistir con la cronología de otros antecedentes de movilización local: no es correcto convertir una sola marcha en el nacimiento incontestable del movimiento. La investigación universitaria de Nicolás Alejandro Vega Pichardo, fechada en 2018, aporta un marco histórico más amplio para comprender la construcción gradual de esas redes.
Acuña fue asesinado en 2005 en su negocio. Las investigaciones periodísticas posteriores han documentado testimonios sobre el trato recibido por su pareja, la discriminación y la persistencia de preguntas en torno a la justicia. No corresponde utilizar su muerte como giro dramático de una historia sobre ligue. Su presencia aquí responde a otra razón: recordar que un espacio donde se podía hablar de sexualidad sin vergüenza también podía ser objeto de hostilidad. La memoria del deseo y la memoria del riesgo no son historias independientes.
Bares y discotecas: concentración sin archivo suficiente
Mucho antes de las aplicaciones, los lugares de encuentro podían ofrecer algo que un perfil todavía no reemplaza del todo: la presencia física, el ritmo de una conversación, la posibilidad de reconocer una mirada o compartir una mesa. La noche permitió, en numerosas ciudades, reunir personas que durante el día apenas podían identificarse entre sí. No obstante, atribuir una lista concreta de bares a Querétaro durante los noventa exige más evidencia que la existencia de locales actuales o recuerdos sin fecha.
La documentación recuperada sobre Aquesex y sus campañas alude a visitas y actividades en distintos espacios, incluidos ambientes de convivencia. Esa pista no convierte automáticamente cada bar mencionado en un establecimiento de ligue, ni permite asegurar su continuidad comercial. Algunos cambiaron de nombre, otros cerraron y de otros no quedó una huella digital fiable. El vacío obliga a una decisión editorial: contar la función social posible de la noche sin fabricar un directorio histórico.
Un nombre mal atribuido puede arrastrar consecuencias. Además de alterar la memoria de un negocio, puede comprometer la privacidad de quienes acudieron allí o fijar sobre un inmueble actual una reputación que no le corresponde. El pasado merece curiosidad, pero no necesita rumores disfrazados de certeza.
Universidad, amistad y fiestas privadas
Las redes de encuentro tampoco fueron exclusivamente nocturnas. La universidad, el trabajo, las amistades y las reuniones en casas podían poner en contacto a personas de trayectorias distintas. La Universidad Autónoma de Querétaro documentó formalmente en 2018 su Primer Encuentro sobre Diversidades Sexuales, realizado con agrupaciones comunitarias y áreas universitarias. En 2020 organizó una tercera edición, esta vez adaptada a las restricciones de la pandemia. Esas iniciativas no prueban cómo eran las relaciones privadas de los estudiantes de 1998; muestran una institucionalización pública posterior de conversaciones que antes podían tener otras formas de organización.
No todo el mundo accedía a la misma red. Una persona que estudiaba en la capital podía encontrar asociaciones o círculos culturales; alguien que vivía fuera del área metropolitana dependía de otros tiempos de traslado y de oportunidades menos frecuentes. Un trabajador con horarios rotativos podía perderse las reuniones que un estudiante podía aprovechar. Las desigualdades de tiempo, dinero y movilidad atravesaban también la posibilidad de pertenecer.
La familia elegida, expresión hoy frecuente en las conversaciones LGBT+, no siempre aparecía bajo ese nombre. A veces era la amistad que acompañaba después de una ruptura, la persona que recomendaba un consultorio sin prejuicios o el pequeño grupo que permitía celebrar una relación fuera de la mirada pública. Estos son modos de interpretar la función de las redes, no testimonios específicos que este reportaje pretenda haber recogido.
Teléfono, anuncios y la pregunta por la zona
Preguntar por un conocido, intercambiar un número o acordar una cita por teléfono eran soluciones que exigían confianza. El teléfono fijo podía estar en una casa compartida; una llamada podía ser escuchada por otras personas. Más tarde, los anuncios y foros en línea ampliaron las posibilidades, pero también multiplicaron las dudas: nadie podía comprobar fácilmente que la voz o el perfil pertenecían a quien decía ser. La seguridad siempre fue parte del encuentro, aunque sus herramientas cambiaran.
Sería fácil convertir aquellas formas de contacto en una época de inocencia perdida. No lo fueron necesariamente. La discreción podía proteger, pero también permitir abusos o desigualdades: una persona que no quería ser reconocida podía exigir secreto a la otra; quien disponía de automóvil o de habitación privada podía controlar más condiciones del encuentro. La ausencia de una aplicación no garantizaba relaciones más humanas. Cambiaba los medios disponibles y la distribución de ventajas y riesgos.
Tampoco hay un archivo público suficientemente sólido para afirmar qué servicio de anuncios o qué número telefónico concentraba los encuentros masculinos en Querétaro durante un año concreto. Nombrarlos sin soporte produciría una falsa exactitud. Lo históricamente defendible es reconocer el tránsito de mediadores personales y contactos a distancia hacia herramientas que hicieron de la proximidad una característica visible.
El cibercafé: una privacidad prestada
Los cibercafés ofrecieron acceso a internet a quienes no tenían computadora propia o preferían no conectarse desde su casa. Las salas de conversación, el correo electrónico y los servicios de mensajería permitieron conocer a alguien sin depender por completo de una presentación cara a cara. Pero la privacidad de una computadora alquilada era relativa: otras personas podían ver la pantalla y el uso de cuentas compartidas o equipos públicos planteaba riesgos distintos de los actuales.
Para alguien recién llegado, internet podía ampliar el territorio imaginable. Ya no era indispensable reconocer la puerta correcta o conocer a la persona adecuada antes de conversar. La posibilidad, sin embargo, no equivalía a garantía: un contacto remoto requería después decidir dónde verse, cómo llegar y qué información personal compartir. La pantalla reducía algunas barreras; trasladaba otras al momento del encuentro físico.
El expediente original de este artículo incluía escenas reconstruidas de usuarios concretos de Messenger y de una tienda de condones. No existen entrevistas o registros que acrediten esos diálogos. Esta versión prescinde de ellos para evitar que un recurso literario se lea como testimonio histórico. La experiencia compartida se narra aquí desde condiciones documentables y límites explícitos, no desde personajes inventados.
Grindr llegó a una ciudad en expansión
Grindr se lanzó internacionalmente en marzo de 2009, según la propia empresa. La novedad tecnológica no fue que los hombres empezaran a desearse o a conocerse, sino la posibilidad de ordenar el contacto alrededor de la ubicación aproximada mostrada por un teléfono. Allí cambió la pregunta: de pedir referencias sobre un lugar a mirar quién aparecía cerca. La plataforma no documenta, por sí sola, la fecha de adopción en cada barrio queretano; no cabe atribuirle una transformación simultánea y uniforme de toda la ciudad.
La nueva interfaz facilitó conversaciones y encuentros, pero también produjo otras formas de exposición: fotografías que podían circular fuera del contexto previsto, capturas de pantalla, acoso y decisiones sobre cuánto revelar. El anonimato no desapareció; se reorganizó entre perfiles, distancias y silencios. La antigua diferencia entre mostrarse y permanecer oculto siguió ahí, incluso cuando el mapa parecía dar una respuesta inmediata.
Querétaro continuó transformándose como territorio metropolitano durante esa etapa. Pero no basta la imagen de una ciudad que crece para explicar a sus habitantes. La vida gay también transcurre fuera de la capital, en distintas clases sociales, trayectorias laborales y edades. Una historia construida exclusivamente desde hombres jóvenes con teléfono inteligente dejaría fuera a quienes vivieron la transición digital de otra manera, y a quienes todavía eligen vínculos nacidos en espacios presenciales.
La memoria que sí puede escribirse ahora
La historia del encuentro entre hombres en Querétaro puede contarse con honestidad si aceptamos que no todas sus partes tienen el mismo archivo. Para la organización comunitaria existen fechas, nombres, investigaciones y testimonios publicados. Para la vida privada hay silencios deliberados, relatos que nadie registró y experiencias que no necesitan ser expuestas retrospectivamente. Un buen reportaje no convierte esas zonas de incertidumbre en ficción presentada como hecho.
La misma ciudad que vio conflictos contra campañas de prevención también sostuvo asociaciones, expresiones universitarias y gestos de solidaridad. Allí está la contradicción que vuelve singular esta historia: la posibilidad de encontrarse no dependió exclusivamente de un local, una pantalla o una marcha, sino de las personas que hicieron un poco más habitable la pregunta por el otro. Su tarea no consistía sólo en ampliar el repertorio de lugares; era ensanchar el margen para vivir sin pedir disculpas por el deseo.
Hoy una aplicación puede indicar que alguien está a pocos metros. No dice quién abrió antes una conversación pública para que esa cercanía fuera posible, qué experiencias quedaron fuera de la fotografía de la noche o qué cuidado necesita una persona después de cerrar la pantalla. Antes de Grindr hubo deseo, pero también hubo organización, información, censura, amistad y memoria. Esa historia merece existir sin que tengamos que inventar una sola puerta.



